martes, 9 de febrero de 2010

El sacrificio de San Valentín tuvo que ver con el ardid que instrumentó el emperador Claudio II para tener mas guerreros con los cuales mantener su imperio por entonces en decadencia: prohibir los matrimonios porque los soldados jóvenes recién casados se negaban a tomar las armas.
La prohibición entró a regir en el año 270 y la pena para quien infringiera la norma era, sin más, la pena de muerte.
Para sortear ese inconveniente y conmovido por el real amor de las parejas imposibilitadas de contraer enlace ante la medida, Valentín comenzó entonces a casar en secreto.
El ritual que imponía la ceremonia marital consistía en una flor blanca que le regalaba a la contrayente como símbolo de la pureza y fidelidad, lo que con el correr de los años dio origen al ramillete que usan las novias en los casamientos. Pero Valentín, fue descubierto y sentenciado a tres penas sucesivas: azotes, piedras y finalmente decapitación. Entre una y otra sentencia fue a dar con sus huesos al calabozo donde conoció a Julia, una joven ciega, hija del carcelero Asterio, de la cual, se dice, Valentín se enamoró.
La leyenda señala que el obispo la convirtió al cristianismo y que obró un milagro: Julia pudo ver. Después que Valentín murió, en agradecimiento, la muchacha plantó cerca de su tumba un almendro de flores rosadas, símbolo de amor y amistad.
El santo fue ejecutado el 14 de febrero de 271 y enterrado dos veces: primero, en lo que hoy es el templo de Práxedes, en Roma; y luego, en la iglesia de San Antón, Madrid, hacia donde ese día peregrinan hoy jóvenes de toda Europa para pedirle milagros amorosos.